Opinión

La opinión de Teodor Suau

12 may 2017
Opinión
La opinión de Teodor Suau

MATAR AL PADRE

 

Teodor Suau / 11.05.17

A veces todavía me sorprende la habilidad que debe tener un fotógrafo de prensa hoy en Mallorca para retratar una escena en el interior de una iglesia sin que salga ningún cura. Hoy entre nosotros, la Iglesia católica (no así el Islam, por ejemplo) es invisible para todo aquello que pueda favorecerla ante la opinión publica. Cuando se trata en cambio de pederastia, de malas noticias, de situaciones que desacreditan al personal, la información es siempre abundante, con todo detalle, nombres y apellidos, foto incluida. No hace mucho, con motivo del debate parlamentario sobre las inmatriculaciones de los edificios que la Diócesis considera de su propiedad, se decía con todas las letras que la Iglesia era una ladrona y que había robado y robaba. ¿A quién? A la sociedad. Aunque ya sea una costumbre entre nosotros, no deja de provocar mi perplejidad. Y a menudo es tema de mi reflexión, a la hora de entender mi sociedad, de la que formo parte y quiero formar defecto de manera responsable.

Pienso que una explicación sea la siguiente: en España, por parte al menos de mucha gente de la cultura y la política, se hace una lectura del presente en clave del franquismo. Hace muy poco tiempo que hemos salido de la dictadura. Y no acabamos de encontrar la forma de liberarnos definitivamente de sus consecuencias. En otros países de Europa empezaron el proceso a partir de 1945: nos llevan mucha ventaja. La Iglesia católica, para muchos, es una institución que no ha evolucionado nada desde aquellos tiempos y para muchos interesadamente, sigue siendo un factor antidemocrático en el interior de la sociedad actual. Que esto no sea así de ninguna manera -bastaría recordar el papel de la Iglesia en el final del franquismo y en la transición- hoy, como se dice en el lenguaje periodista, "no vende". Que equivale a decir "no existe". ¿Qué es lo que está pasando? Que somos una sociedad adolescente. El adolescente, debe matar al padre por necesidad. Y el padre, es el franquismo, aunque parezca muerto y alejado de nosotros. Porque es castrante, porque representa el obstáculo para la libertad y porque impide una identidad personalizada y original, como desea el sujeto hoy.

La Iglesia representa para muchos una secuela de este padre que hay que matar, una de las últimas que quedan. Es el enemigo. Por otra parte, la Iglesia ha perdido casi todo el poder que mantenía desde siglos. Esto hace que sea un chivo expiatorio perfecto: nadie la defenderá y su verdad no será la que viven los católicos cada día, sino la que cuenta la televisión y la prensa en general. Mientras, se deja de hablar de otras causas más incisivas de los males que nos aquejan. Por ejemplo, la corrupción o la pérdida de valor de la democracia o la progresiva desaparición de la cultura como mediación de humanización. Y podríamos añadir más.

El padre se mata de dos maneras, sobre todo: negándolo (haciéndolo invisible/insignificante para mí) y alejándose (construyendo la propia personalidad lo más al margen posible de la influencia paterna). La violencia es una característica cotidiana de la relación entre el padre y el adolescente. En este sentido, negar a la Iglesia, hacerla invisible y sólo mostrar la cara negativa, es un momento del proceso de expulsarla de la sociedad. La distancia necesaria se convierte en supresión letal. Es lo que nos pasa. Pero hay un peligro: que el padre no sea consciente de su papel y de la necesidad de una presencia discreta, pero comprometida, preocupada por la felicidad de los hijos. Sobre todo, que no deje nunca de amarlos. El amor se hace verdadero en el dolor. Lo peor que le podría pasar al padre sería resignarse a la muerte: renunciar a una relación nueva y exigir/soñar que fuera todo como antes. Esto lleva directamente a una actitud sin futuro. S. Zizek dijo: "La auténtica herencia del cristianismo es demasiado valiosa para abandonarla en las manos exclusivas de los lunáticos fundamentalistas". Pienso que la actual actitud cultural frente a la Iglesia está provocando este efecto perverso.

Por otra parte, el adolescente debe saber crecer. Debe querer crecer y no permanecer para siempre en las actitudes -cómodas, vistosas, compartidas por los amigos- que vive en el momento, absolutizándolas. Sería su muerte prematura. Un día reencontrará al padre y lo redescubrirá no como si no hubiera pasado nada, sino limitado, nada omnipotente... más tierno, lleno del afecto que puede hacer feliz porque nace de una relación gratuita. El odio, la malevolencia, el deseo de aniquilación, de destrucción, la violencia no abren ningún espacio humano. Matan. No es bueno ni para el padre. Ni para los hijos. Todos pierden. 

¿No sería ya hora de tomar consciencia de la realidad y sustituir el "esto no vende!" por otra cosa más sólida: "esto nos hace más personas"? Creo que las cosas que vivimos son bastante problemáticas y que el horizonte que tenemos por delante es bastante complicado como para no sentir la urgencia de un mayor conocimiento de todos en humanidad. Si la prensa ha cambiado, el ejército ha cambiado, la política ha cambiado, también lo ha hecho la Iglesia, que mantiene una clara práctica de los valores evangélicos en sus miembros y a nivel de calle, especialmente con respecto a los más necesitados. No es nada prudente negarlo.

Hay un territorio donde todos nos podemos encontrar. No es en los platós de la televisión / estiércol o en las páginas interesadas de los diarios. Es en el reconocimiento de nuestra pobreza, de la falta de amor eficaz entre nosotros, de la falta de libertad real y de justicia. Compartir esta necesidad y querer poner remedio es voluntad de muchos. Salir de la adolescencia sin duda nos ayudaría también a todos a tener más posibilidades de vivir juntos y con ilusión. Con futuro.