Opinión

La opinión de Joan Bauzà

12 may 2017
Opinión
La opinión de Joan Bauzà

La catedral y Marcel Proust

En ocasiones frecuentes, la Catedral de Mallorca confirma las dos grandes tesis que Marcel Proust dejó claramente establecidas el 16 de agosto de 1904 en un artículo en "Le Figaro" de París. Tesis primera: la liturgia católica forma una unidad con la arquitectura y la escultura, dado que aquella y éstas tienen por fuente un mismo simbolismo. Tesis segunda: las catedrales no son únicamente los más bellos monumentos históricos de nuestro arte, sino casi los únicos que permanecen en relación con la finalidad para la que fueron construidos.

Verdad es que una catedral es un lugar, pero no solo, no es lo mismo una cuarteada que un huerto; una catedral es un espacio con capacidad de hacerse hogar ancho, y por tanto de ser estructurado para el hospedaje de una comunidad de personas. Una catedral tampoco es solo un espacio monumental, también es un espacio sacramental, no solo es valioso lo que hay sino lo que pasa, no es solo un contenedor de objetos sino de experiencias; se sabe que no es igual huerto que jardín.

Nuestra Seo ayer, como en otras ocasiones, hermanó cuidadosamente sus tres elementos nucleares: lo sagrado, lo bello y lo comunitario.

 


 

El hermanamiento entre el deseo y la esperanza

Resulta confortable toda armónica correspondencia entre pregunta y respuesta. Tener respuesta a pregunta que uno no se hace es esterilidad, tener pregunta a la que ninguna respuesta calma es desesperación. Lo mejor consiste en cuadrar una y otra. Resulta confortable toda armónica correspondencia entre pregunta y respuesta. Tener respuesta a pregunta que uno no se hace es esterilidad, tener pregunta a la que ninguna respuesta calma es desesperación. Lo mejor consiste en cuadrar una y otra.

La gran pregunta que interpela al hombre tiene el nombre de deseo. El humano es el gran animal del deseo, porque desea siempre y lo desea todo. La gran respuesta a este deseo recibe el nombre de esperanza ya que cuando un humano espera tener éxito su deseo queda complacido. En el supuesto caso de que el hombre esperara poco, la respuesta adecuada al deseo suyo se nombraría "obtención" dado que lo poco suele ser obtenido. Pero si el deseo que le mueve el corazón es el deseo del todo, la respuesta tiene por nombre "esperanza".

Nunca agradeceré suficientemente el haber conocido el cristianismo y de ser hoy seguidor. El mensaje cristiano es, para mí, la instancia, conocida firme y contrastada suficientemente, que más armonía me ha proporcionado entre la pregunta más profunda que le hago a la vida y la respuesta más convincente que se me ha sido otorgada. Se trata de un logrado hermanamiento entre el deseo de totalidad y la esperanza de plenitud.

 


 

El estómago del cura viejo

Los curas de mi generación fuimos jóvenes un día, y cometimos locuras. Cierto es que fueron hermosas, pero también lo es que nos están pasando factura, sobre todo las de noche. Años en los que, con los chicos,  prolongábamos el día con reuniones de grupo y copa en el bar vecino. Todos nos despedíamos, y luego te adentrabas en la cocinita del piso de vicaría. Tantas noches cenando de pie, tan solos, tan rápido, mascando  refritos y precocinados, tan volviendo a comer de lo mismo que habíamos comido ayer. Agotado, cerrabas la jornada con ansias de lecho pero todavía tenías pendiente el rezo del libro litúrgico que acababas leyéndolo con un ojo cerrado y el otro ya dormido. Junto al fogón, por años, solo, rápido, recalentado y de pie.

A veces, ahora, en el baño, el viejo cura, estómago alterado, entre estreñimiento ahora y diarrea a deshora, colonoscopia a la vista, recuerda la locura de aquellas fechas de entrega sin reservas a los jóvenes mientras sus labios alegres y sinceros van musitando “Qué tiempo tan feliz que nunca olvidaré… en nuestros años de loca juventud”. ¿Será que existen locuras que siguen agradeciéndose a pesar de sus facturas?.

 


Ese no soy yo

El conferenciante afirma, en su intervención, que toda religión es dogmática. Y todos los oyentes que me conozcan y que, por conocerme, acostumbran considerarme una persona del todo religiosa, van a concluir que yo soy dogmático del todo. Y, a tenor del disertador, porque dogmático, irrespetuoso. Y si irrespetuoso, luego intransigente. Y si intransigente, por tanto violento. Y si violento, en consecuencia responsable de los últimos atentados. Y si participé en la puesta de una flor en Las Ramblas o de una oración en la Sagrada Familia o en un abrazo al musulmán de Cambrils, entonces un hipócrita total.

Y me sube a la cabeza el recuerdo del álbum de Hispanox, de 1971, titulado “Escúchame”, que contenía la canción “Yo no soy esa” de la inolvidable Mari Trini que, un día de primavera, hace ocho años se nos murió. Y me descubro canturreando el estribillo que se me había quedado grabado: si…, no… ese no soy yo. Ni lo son cientos y cientos de personas religiosas, de este continente y de otro, que yo conozco tan suficientemente bien como para poder dar testimonio de que ninguna de ellas es ni “esa que tú te imaginas” ni “esa que tú te creías”.

 


El viejo tiene todavía proyectos

La esperanza no ha tenido nunca edad ni importa que tenga. Ahora soy adulto y me sobran todas las obsesiones, pero un examen todavía me queda por hacer, el final. Aquéllo que describió Juan de la Cruz con su bella expresión: “cuando el día decline, nos examinarán de amor”. Querría aprobarlo, este examen, el que me preguntará no sobre lo que he adquirido, sino dado.

Proyecto vivir de cada vez más desde una confianza total en el Dios que me la da. Si al principio de mi existencia encuentro a Dios, deseo que al final de mi vida sea Él también. Si a lo largo de mi vida, más de dos y tres veces yo lo he perdido de vista de tan lejos que me he hecho de Él, ahora quiero poner mis ojos fijos en Él y que sea mi guarida y mi hogar.

Projecto querer a todos, sin olvidar a nadie, pero recuperaré las viejas amistades perdidas, redoblaré la estima a los que siempre he querido. Quiero engrandecer cada vez más el ámbito de mi corazón para querer a más gente, también para querer más a la gente que más quiero.

 


Celebrar los difuntos

A mediados de semana hemos celebrado nuestros muertos. Los gestos celebrativos han sido escogidos según el gusto de cada persona o familia. Entre nosotros, los tres gestos más comunes son las flores, los cirios y las pregarias. Un considerable porcentaje utiliza los tres rituales, sea ante la tumba, sea ante la urna, sea ante la tierra o el mar donde se esparcen las cenizas.

Lo que hay al fondo de toda esta variedad de formas es un frondoso planteamiento moral. La celebración de los difuntos, los pasados miércoles y jueves, acoge tres tipos de actos ciertamente diversos y probablemente complementarios. Es, en primer lugar, un acto de agradecimiento: no tenemos a mano los muertos pero mantenemos el record en el corazón, una persona finida no supone una persona olvidada. En segundo lugar, constituye un acto de reconocimiento: una vida desaparecida no supone una vida invalidada, reconocemos que nuestros difuntos no vivieron en vano y que su existencia fue válida para nosotros. En tercer lugar, es un acto con voluntad de encontrarse: así como lo invisible no supone lo inexistente, un cuerpo muerto no supone una persona anihilada, y caminos que se abrieron un día para irse sirvieron otro día para volver y posibilitar suspirados encuentros. 

 


No es dogma, es gracia

 

Leo con frecuencia que todas las religiones son dogmáticas, que precisamente el dogmatismo define el concepto de religión. Será o no será, pero mi experiencia personal contradice la afirmación.

Lo que más experimento en mi religión, lo que más define mi situación en ella no es desde luego el dogma. Es otra cosa distinta, y esa cosa se llama gracia. En efecto, me siento enormemente agraciado por tener fe.

Claro que en mi religión hay dogmas, al menos dogmas como sinónimo de principios, tampoco es que haya muchos, pero los hay, y los que hay son claros y sólidos. Pero no son estos principios conceptuales lo que primero aflora en mi interior cuando pienso en mi condición de religioso. Lo primero es la gracia, eso que en algunos libros antiguos se llamaba favor, y en otros textos aparece como don, merced, suerte, obsequio o regalo. En todo caso, mi religión me está ofreciendo algo, bien sé yo, que ni he ganado ni he merecido.

Y como mi fe es pura gratuidad, mi fe no me lleva en absoluto ni al orgullo ni a la prepotencia, me lleva sin embargo al agradecimiento.

 


La Catedral, danza de luz y piedra

La interpretación de lo que es la catedral de Mallorca goza de dos símiles  sugestivos. La Seu puede compararse a un órgano y a una danza. De hecho, escritos sobre nuestra Seu los han utilizado. Muchos han visto los reflejos del rosetón mayor como una danza, y fue Santiago Russiñol quien concibió el templo como un “órgano inmenso”.

Nuestra Seu podría compararse a un concertista de órgano en el que una mano tiene el cuidado de los acordes compactos, mientras que la otra tiene el cuidado de la melodía. Y también podría compararse a una danza,  en cuyo símil la misión de la mano izquierda del músico la tendría la piedra porque es su constitución la que da la sensación de firmeza, mientras que la misión de la mano izquierda la tendría la luz, la luz que pasa, se pasea y otorga la sensación de esplendor. ¿No es esa la impresión que nuestra Seu  ofrece, la de un logrado maridaje entre marès y finestral, entre masa pétrea y vacío vítreo, o sea, entre solidez y brillantez? ¿Qué es la arquitectura de la Seu sino la danza que a dúo interpretan la geometría sedentaria de la piedra y el nomadismo circunvalatorio de la luz?

  


La manipulación está en la pregunta

Como lector habitual de entrevistas de actualidad, he llegado a la conclusión de que en muchas de ellas hay bastante más manipulación en las preguntas que en las respuestas, ya que muchas de ellas almacenan gran cantidad de ideología y sectarismo.

Con los cadáveres aún calientes de los últimos atentados, formular la primera pregunta en términos de “En toda la historia de la humanidad ha habido barbarie y muerte, ¿cuál de las religiones monoteístas es la que tiene mayor responsabilidad?” o es fruto de una ingenuidad histórica mayúscula, o es un fruto de una reducción intelectual pasmosa. Cuando están al alcance de cualquiera las cifras de muertes provocadas por el régimen bolchevique y otros estados que se proclamaban a sí mismos como “estrictamente ateos”, esta pregunta resulta “estrictamente histriónica”. Claro que los teístas tienen que asumir la cuota de responsabilidad de todas sus barbaries, faltaría más. Y los que de teístas no tienen nada, también.

Y no preguntar más desde simplismos manipulados. Como si Sendero Luminoso, que de maoísta lo tenía todo y de monoteísta no tenía nada, y que demasiadas noches peruanas a mí me mantuvo en pesadillas e insomnios, no hubiera provocado, hace tan poco, 70.000 muertes.

 


Política de derribo

La gran verdad de la época no es que se hayan derrumbado los valores del monoteísmo, es que se han derrumbado asimismo los valores del paganismo. El primer Nietzsche dobló las campanas por la muerte del Dios occidental. El segundo Nietzsche puede, en cualquier momento, doblar las mismas campanas por otras importantes muertes occidentales.

La religiosidad de los individuos no tiene ahora mismo, a nivel global, mayores problemas. Los tiene, y graves, la ética de los individuos. Aunque es cierto que algunos han sustituido unos valores por otros, es incontestable que muchos no los han sustituido por otros y se han quedado simplemente sin ellos. Y quienes carecen de ellos, suelen, al actuar, echar mano de las emociones. Psicológicamente las emociones dan para afiliarse a entusiasmos y a protestas, pero son insuficientes para crear futuros.

La pregunta a formular es por qué en política hay ahora mismo tanta impericia en lo creativo y tanta destreza en el derribo. Por qué, actualmente, la gran mayoría de cuestiones políticas no son de construcción de algo sino de desguace de casi todo y, éticamente todavía más grave, de casi todos.

 


La libertad no suprime el miedo

Una de las paradojas que nuestra generación debe de soportar es la que la libertad de expresión no suprime el miedo a expresarse. Hoy que somos tan libres, somos al tiempo muy miedosos. Ciertamente hay libertad para expresarse, y sin embargo, en la misma proporción, hay miedo a expresar ciertos términos por mucho que la Real Academia los tenga registrados.

       Cuenta el filósofo francés Comte-Sponville que, antes de publicarlo, envió un texto suyo que trataba sobre “mística sin misterio” a otro filósofo a quien admiraba, Marcel Conche, el cual le devolvió el manuscrito con esta nota en un margen: “No tengas miedo al misterio”. Referirse al misterio, escribir el término, nombrarlo con todas sus letras parece producir espanto a cierto tipo de intelectuales que prefieren callarlo.

       Me pregunto por otros miedos en otros ámbitos de la vida. Me pregunto si en el de la educación sentimos miedo – pánico, tal vez – a nombrar vocablos como disciplina o esfuerzo. Me pregunto si en el ámbito de la política sentimos miedo a términos como deber. Si en el ámbito de la administración sentimos miedo a vocablos como puntualidad o agilidad.

 


 La mala suerte de las palabras

 

Joan Bauzà / 25.06.17

Una palabra con mala suerte es la palabra nada porque en tiempos antiguos significaba algo positivo y ahora significa algo negativo. El vocablo proviene de la forma femenina del latín “natus-a-um”, algo surgido, originado, nacido. En definitiva, la cosa “nata” o nacida era la constatación de la irrupción de una presencia. Con el paso del tiempo, ha significado todo lo contrario, “nada” ya no apunta a una presencia, sino que advierte de una ausencia.

Otra palabra con mala suerte es la palabra caridad porque en tiempos antiguos aludía a una actitud que estaba por encima de la justicia y ahora significa algo por debajo de ella. Hacer caridad ha pasado a ser sinónimo de hacer limosna y, peor aún, limosna que se da porque no se quiere dar lo que es de justicia dar. Sin embargo, el término latino “charitas” que traduce al término griego “jaris” alude a una tesitura superior, significa ese plus de ternura que se ofrece por encima de lo que requiere lo estrictamente justo. No es dar lo esperado o exigible o ganado o merecido, ya que su baremo no es “lo que toca” sino “la gratuidad”.

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