Culto, Actualidad

Domingo XXII A

31 ago 2017
Culto, Actualidad

Domingo XXII A


A decir verdad, no encuentro nada extraña la reacción que tuvo Simón Pedro frente al que se le acababa de comunicar. Dice el evangelio que acabamos de escuchar que Jesús, en un momento dado de su itinerario misionero por las tierras de Palestina, anunció a sus amigos más cercanos lo que próximamente le pasaría, que no era precisamente ningún ramillete de rosas ni éxito rápido: "tengo que ir a Jerusalén, allí tengo que sufrir mucho por parte de las autoridades políticas y religiosas y letrados, seré ejecutado y al tercer día resucitaré".


Lo que a Pedro le quedó grabado fue el de "seré ejecutado". Y no pudo más y reventó: "Esto no puede pasar de ninguna manera, nunca esto debe suceder".


He empezado diciendo que no encontraba nada extraña la reacción de Pedro. Hace algo más de 400 años, un misionero de origen europeo entró en China, era el primer jesuita en hacerlo, llevaba por nombre Matteo Ricci. Sus altos conocimientos de matemáticas y el dominio que llegó a poseer de la lengua china lo llevaron a establecer contacto con el emperador, de la dinastía Ming, quien lo recibió en Pekín. Y pasó que el emperador tuvo una reacción bastante parecida a la que tuvo Simón Pedro. El Padre Ricci, que ha pasado a la historia como uno de los misioneros más grandes y originales, estuvo a punto de provocar un escándalo de tal magnitud que por poco le cuesta la vida. El emperador no pudo soportar las palabras del misionero católico: cómo era posible que fuera verdad lo que acababa de decirle, que aquel que le mostraba colgado en una cruz, aquel tan cruelmente atormentado en el suplicio era "el hijo del cielo". En la cabeza del pescador de Galilea del siglo I, y en la cabeza del emperador chino del siglo XVI no cuadraba en absoluto que estuvieran relacionados dos conceptos tan opuestos: muerte y Dios, cruz y gloria.


He sacado a relucir dos casos concretos, el de Simón Pedro y el del emperador Vanli. Pero no son hechos aislados. Ha sido una constante, en la historia bimilenaria de la Iglesia, este conflicto entre cruz y divinidad. También para nuestros lejanos antepasados, la cruz les comportaba gran conflicto. En el periodo paleocristiano y, después, en el período medieval, el tipo privilegiado de cruz fue la llamada "crux gemmata", que significa "cruz enjoyada". No resistían las representaciones naturalistas del crucificado, no resistían la crudeza de la cruz y optaron por suavizarla y embellecerla con perlas y diademas, y cubrir la desnudez con túnica blanca y sustituir la corona de espinas por una de oro.


Podríamos preguntarnos quién tiene razón: tenemos razón nosotros que ponemos, aquí y allá crucifijos crucificados por todas partes que muestran sangre derramada, músculos contorsionados y venas desencajadas, o tenían razón nuestros antepasados que optaron por cruces ennoblecidas y el crucificado ausente?


Qué diría Cristo mismo? Diría lo que un día ya dijo. Volvamos, pues, al evangelio de hoy. Déjenme remarcar dos momentos de la escena. Hay un momento duro, especialmente duro de Jesús, el momento que se confronta con Pedro y le suelta: "Lejos de mí demonio, tú piensas como hombre, no piensas como Dios". Primera lección que Jesús hoy nos transmite: la cruz es ineludible en un constructor del reino de Dios, no hay que silenciarla ni endulzarla; solo cabe asumirla: "Quien quiera seguirme, que cargue con su cruz".


Hay, sin embargo, otro momento de Jesús que tampoco debemos silenciar. Es el momento que dice: "Seré ejecutado y al tercer día resucitaré". Somos culpables si retenemos "seré ejecutado" y no retenemos "resucitaré". Dejemos los problemas de pura iconografía, de si cruz tosca o si cruz enjoyada, dejemos a los artistas de cada generación y cultura representar Cristos a su manera. Pero hagámonos cargo de si a Cristo lo dejamos difunto para siempre o le retenemos vivo para siempre. No lo olvidemos al "tercer día"! No olvidemos la meta mientras caminamos. No celebremos ningún viernes que no aguarde domingo, ni cruz que no desprenda resurrección.


Joan Bauzà