Culto

Domingo XXIX Ciclo A

26 oct 2017
Culto

Homilia del Domingo XXIX Ciclo A (22.10.17)

“Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios". Esta frase ha servido para distinguir el ámbito político del religioso y reclamar la autonomía de cada uno de ellos; aunque seguramente su sentido propio sea afirmar la supremacia de Dios: por encima de todo dar a Dios lo que es de Dios.

Hoy vivimos claramente una situación de separación entre Iglesia y Estado. El Estado es aconfesional, se declara neutral en cuestiones religiosas, reconoce que estas no son de su competencia. Esta situación en el lenguaje corriente a menudo se llama laicidad. El Estado laico pretende crear un espacio de convivencia de todas las creencias; es la libertad de conciencia y libertad religiosa. La laicidad no consiste a eliminar las creencias religiosas de la vida, arrinconarlas en la sacristía o a la vida privada, sino a respetarlas, dejar que se expresen y se ejerzan cívicamente. Laicidad no significa que la vida y las creencias religiosas desaparezcan de la vida pública, sino que el Estado no tiene ni impone ninguna religión a los ciudadanos, que los respeta en sus creencias.

¿Hasta dónde llega el respeto por las creencias de los ciudadanos? ¿Cuál es su alcance? Un mínimo es permitir que cada uno siga sus creencias, ser tolerantes,  no perseguirlas ni menospreciarlas ni perjudicarlas. Respetar la liberdad religiosa. Pero el Estado todavía puede hacer más. En efecto, los Estados de hoy son los grandes gestores de la vida social, cultural y económica de las naciones. No sólo salvan los bancos de la bancarrota con cantidades inmensas de dinero, sino que además promueven la ciencia, la cultura, el deporte y tantos valores humanos, históricos y artísticos. ¿Es que la religión no es un valor humano? Sin duda, la religión es uno de los principales valores de la humanidad. Un verdadero valor, y muy profundamente humano, el más básico de los humanos, que ha configurado nuestra historia y nuestra cultura, que por tanto merece respeto y atención.

De todas formas en referencia al Estado lo más importante es afinar cuál debe ser nuestra actitud como ciudadanos creyentes. Antiguamente el Estado no exigía más que los impuestos y la obediencia a las leyes, pero en nuestros Estados democráticos actuales lo más importante es la participación, el diálogo, la contribución a la formación de la opinión pública de la que brota después la volundad política que llega a concretarse en leyes. La democracia implica diálogo pacífico, en el que de entrada nadie puede ser decalificado por sus creencias o procedencia, diálogo en el que debería prevalecer el mejor argumento, venga de donde venga. En este sentido la democracia nos exige participación, leal, coherente y constante.

Y aquí es donde el mensaje del evangelio se une con el Domund, que hoy celebramos. Hoy es un día para recordar nuestra misión de evangelizadores, de transmisores del evangelio, sobre todo con nuestra testimonio, en la familia, en nuestro ambiente, ciudad o pueblo, país, cultura; y también nuestro compromiso de ayuda a tantos misioneros que se esfuerzan para dar a conocer el evangelio de Jesús a otros pueblos. Debemos sentir la vocación, como Paz, a ser misioneros: somos llamados y capacidades para la misión. La 2ª nos ha recordado el bello ejemplo de la comunidad cristiana de Tesalónica, de la que S. Pau ha destacado “la actividad de su fe, el esfuerzo de su amor y la constancia de su esperanza”, las tres virtudes teologales intensamente vividas.

Hoy es un día de recordar nuestra vocación misionera, que hemos de ejercer también aquí y es un día de renovar nuestra solidaridad con los misioneros, para ellos ha de ser nuestra oración especial y nuestra colecta especial, que toda ella va destinada a sus obras de promoción y misericordia, ayuda que ellos necesiten para cumplir su misión, que es también la nuestra.

Que esta celebración eucarística nos anime a ser testimonios del evangelio en todo momento y lugar, y dar soporte a tantos misioneros que dan su vida para esta labor.

 

Mn. Gabriel Amengual

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