Culto

Domingo XXXII A 3

10 nov 2017
Culto
Domingo XXXII A 3

Lo más importante siempre comienza con un beso. En la sala del parto, a la joven madre, la comadrona le presenta el bebé y lo primero que hace la madre es besarlo.
El libro más bello del Antiguo Testamento comienza con un beso. Así se inicia el Cántico de los cánticos de Salomón: “que me bese con besos de su boca”.
La misa comienza con un beso. Los presbíteros concelebrantes hemos salido en procesión camino de la mesa eucarística. Y, ¿qué hemos hecho cuándo justo hemos subido los escalones del presbiterio? Nos hemos dirigido rectos al altar, nos hemos inclinado profundamente sobre él y le hemos besado.
Lo más importante comienza con un beso: la vida, la Escritura, la liturgia. Hay otro beso emblemático en la Biblia. Se trata del beso de una mujer apasionadamente amorosa, por pecadora que fuese, la mujer que interrumpe la casa del fariseo que había invitado Jesús a comer; llevaba una jarra de perfume, mojaba los pies de Jesús con las lágrimas que resbalaba y los besaba. Y con este beso, comenzó una de las amistades cristianas más extraordinarias, la de Jesús y María Magdalena.
¿Qué significado tiene el beso en la vida? El hombre siempre ha besado lo que más ha valorado, estimado y deseado.
Creo sinceramente que, hoy, los cristianos tenemos un beso pendiente, a los cristianos nos falta un beso por dar. Valoramos la cruz, por eso hemos aprendido a besar Jesucristos. Amamos a la madre, por eso dejamos besos en los santuarios marianos, sea a la Virgen de las Nieves de Ibiza, en la de Lluc de Mallorca o en la del Toro de Menorca. Y bien está que sea así. Pero nos falta un beso, y hoy lo podríamos dar. Los creyentes en Cristo tenemos una promesa que es un tesoro y no hemos aprendido a besarla. Y esta promesa sale en el evangelio de hoy: la promesa que Él vendrá. Lo había prometido: No os dejaré solos, volveré, estaré con vosotros hasta el final de los tiempos, venid, el banquete está preparado. Eso dijo Jesús, y Jesús cumple las promesas: Cielo y tierra pasarán, pero mi palabra no pasará.
Cristo nos dejó un tesoro que no lo deberíamos tener más escondido. Este tesoro está en el evangelio de este domingo, es “la joya de la corona” de la revelación cristiana. Hagamos memoria: nos ha contado el evangelio que se les había anunciado a las diez chicas la promesa: El Esposo vendrá. Verdad que el cumplimento se había hecho esperar, especifica el texto que “ya era medianoche”, así y todo se escuchó clara la voz: “El Esposo está aquí, salid a recibirlo”.
Los cristianos tenemos un Credo, y bien está. Los cristianos tenemos una moral, y bien está. Pero, ¿qué hemos hecho de la promesa? A veces, uno tiene la impresión que vivimos como si en lugar de tener la esperanza florida la tuviéramos mustia. Claro que es importante esperar al Esposo con la antorcha encendida, pero eso no es lo más decisivo, lo realmente importante no es nuestro aceite, lo verdaderamente importante es que el Esposo está, que el Esposo viene, llega, se acerca. Esperemos, pues. No le abandonemos nunca a la esperanza. Fue en la puerta del infierno que Dante en la Divina Comedia situó el abandono de toda esperanza.
El concelebrante que nos ha proclamado el evangelio ha besado el texto que ha leído. También nosotros, cristianos de las Islas, hoy, día de la Iglesia diocesana, al llegar a casa, podríamos realizar un gesto parecido, coger la Biblia en nuestras manos y besarla, besarla en el punto exacto donde se apoya mejor nuestra esperanza, el punto que anuncia la promesa en el momento que ya se cumple: “Salid a recibirlo, el Esposo viene”.

Mn. Joan Bauzà, canónigo de la Catedral

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