Culto, Actualidad

Homilía del Obispo Mons. Sebastià Taltavull en el inicio del ministerio episcopal

27 nov 2017
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Homilía del Obispo Mons. Sebastià Taltavull en el inicio del ministerio episcopal

Homilía del Obispo de Mallorca, Mons. Sebastià Taltavull, en el inicio del ministerio episcopal

Catedral de Mallorca, 25 de noviembre de 2017

 

Is 42,1-9. No rompa la caña agrietada, ni apague la mecha que vacila. Nos pide ser enormemente positivos, creer que siempre hay posibilidad de rehacer, de rehabilitar, de curar.

Salmo: ¡Servid al Señor con alegría! Es el tono que nos da el Evangelio, buen gusto que debemos dar a todos, viendo que la alegría es la expresión del buen trato y del servicio humilde.

Rm 12, 5,16a. Nosotros, que somos tantos, unidos en Cristo formamos un solo cuerpo. Es la convicción que da cohesión a todo y a todos: Jesucristo es la fuente y la razón de ser de nuestra fraternidad.

Jn 21, 15-19. Pastura mis ovejas, pastura mis corderos. ¡Ven conmigo! El pastor no trabaja por una paga ni por la fuerza, trabaja porque quiere hasta para darle la vida.

 

No es éste un momento de exposición de programas pastorales ni de iniciativas que podrían ser muy laudables y entusiamadoras. Aunque ya lo tengamos pensado y en las conversaciones haya recibido muchas sugerencias, esto deberá venir con el respiro de cada día y contando con la buena voluntad, la disponibilidad de cada uno, con el cariño y la aportación corresponsable de todos desde su propio carisma, siempre "unidos en Cristo y formando un solo cuerpo y sintiéndonos miembros los unos de los otros", como nos acaba de decir Pablo dirigiéndose a los cristianos de Roma. Este deseo de comunión plena que nos acerca, ir al encuentro de Jesús y a lo esencial del Evangelio debe ser un distintivo que nos identifique enmedio de nuestro pueblo y le anime a creer. Lo digo después de más de un año de Administración Apostolócia, tiempo en el que hemos trabajado juntos y nos hemos conocido más, afrontando los retos que se nos han presentado y haciendo el esfuerzo de vivir la comunión, crear proximididad y diálogo entre unos y otros, tanto entre las personas y entre los organismos eclesiales como en la sociedad en general con sus instituciones ciudadanas y mediáticas. Doy gracias a Dios y también a vosotros por vuestra cooperación y el trabajo bien hecho por el bien de la Iglesia.

A pesar de la diversidad de procedencia, de forma de ser y de pensamiento que nos identifica a cada uno, somos por encima de todo una comunidad creyente y orante, somos la Iglesia de Jesús. Por eso hemos venido y estamos reunidos aquí, en esta bella Catedral de Mallorca.Vaya para todos vosotros mi saludo lleno de afecto a todos vosotros, los diocesanos presentes y a los que lo seguís por radio, televisión, internet y otras vías de comunicación. Saludo muy especialmente a los que, por razón de enfermedad, edad o cualquier otro impedimento, estáis en vuestra casa, en hospitales, residencias, en la cárcel, o a los que, a pesar de que no os sentís de la Iglesia Católica, os interesáis por todo lo que hacemos y que con tantas cosas trabajamos juntos por el bien de las personas y de nuestro pueblo, velando siempre por su dignidad. Quiero acoger a todos con todo el amor del que soy capaz y ponerme a vuestro servicio, tal y como Jesús nos lo pide.

Y, a todos vosotros, presentes en la Catedral, Iglesia Madre de las iglesias de Mallorca, donde hemos estado convocados para dar gracias a Dios y poner bajo su guía y la intercesión de la Virgen de Lluc el inicio de mi ministerio pastoral entre vosotros, por el don de la fe y por los vínculos de caridad y de solidaridad que nos unen, y que son tantos, y nos animan a tener muchas razones para colaborar juntos, con las instituciones públicas -a quien agradezco de todo corazón su presencia- lo cual es un signo que quiero destacar por la valoración que hacéis de la presencia cristiana entre la sociedad y de la voluntad de un trabajo edificando por el bien de nuestro conciudadanos, siempre con especial atención por los más pobres y necesitados de todo, por los cuales debemos tener una especial sensibilidad y predilección.

Y a todos vosotros, mis hermanos Obispos, entre ellos los Cardenales y el Nuncio Apostólico, quienes junto con todos los sacerdotes y diacas de Mallorca, Barcelona, Menorca, Ibiza y Formentera, y otros lugares de España, juntos con todos los hermanos y hermanas de Vida consagrada, y los laicos y laicas, fieles de estos lugares, habéis hecho el esfuerzo de desplazaros a esta isla, junto con mi madre, mis hermanos y familiares para estar juntos, escuchar lo que Dios hoy nos dice y celebrar juntos la Eucaristía. Pongo el inicio a mi ministerio episcopal entre vosotros y al servicio de nuestra sociedad. Es a ella a quien hemos de anunciar y ofrecer la persona de Jesus, los valores del Evangelio y la humilde experiencia de fraternidad, desde una Iglesia que quiere ser colaboradora de todos, y entre ellos, los hermanos de otras confesiones cristianas y de otras religiones, a los representantes de las cuales también les saludo y agradezco hoy especialmente su presencia.

Permitidme, entonces, por fidelidad, que me fije en la Palabra que el Señor nos ha dirigido y que todos hemos escuchado. Perdonad, si hoy primero me lo aplico a mí, en primera persona. "Es indispensable -dice el papa Francisco- que el predicador tenga la seguridad que Dios lo quiere, que Jesucristo le ha salvado, que su amor tiene siempre la última palabra" (EG 151). Más todavía, añade que "quien quiera predicar, primero, debe estar dispuesto a dejarse conmover por la Palabra y hacerla carne en su existencia concreta" (EG 150).   

Quiero que así sea y lo sea para todos los que tenemos la misión de predicar la Palabra de Dios y ser coherentes con aquello que predicamos, que es aquello que, con una oreja  en la Palabra y la otra en la vida del pueblo, humildemente debemos comunicar. Así, poco a poco, la debilidad se vuelve fortaleza, hasta vivirla y agradecerla como don del Espíritu Santo. Por eso, hoy, al inicio de esta nueva etapa de mi servicio pastoral entre vosotros, quiero escuchar a Jesús, él que hoy me hace una pregunta muy directa y personal. Me ha dicho "¿me quieres?". Responder me hace respeto cuando sé muy bien, de un lado, la distancia que hay entre la exigencia radical y oblativa de su pregunta, que pide un amor total e incondicional, y por el otro, la debilidad de mi respuesta.

Pero a Jesús no le he escuchado yo solo, lo he escuchado con vosotros y para vosotros. Intuyo que quiere transformar esta debilidad en confianza firme y convertir la respuesta en una correspondencia en el amor. Y a partir de aquí, como a Pedro y a los otros apóstoles, sentir como encomienda la misión de pastor: "Pastura mis ovejas, pastura mis corderos", es decir, "Haz de pastor".

El pastor es quien está atento a la pregunta y debe ser humildemente fiel en la respuesta. Asimismo, amigas y amigos queridos, permitidme que os diga que hoy no quiero ni puedo responder solo y que, por eso, me veo en la obligación de tener que responder contanto con todo el ganado, que sois vosotros, ya que la pregunta la hemos escuchado juntos y va dirigida a todos. No tendría sentido una respuesta limitada al pastor y que el ganado se inhibiera y no se sintiera implicado. Por eso, para responder os necesito a todos vosotros y me atrevo a deciros que debemos responder juntos, a coro, al unísono, porque será juntos que deberemos hacer el mismo camino en esta Iglesia de Mallorca preparando y organizando todo lo que el Espíritu nos pida llevar a cabo.

Como en el momento de la ordenación sacerdotal,cuando el obispo aprieta dentro de las suyas las manos del ordenando, yo ahora, haciéndome presente ante cada uno de vosotros, os quiero coger las manos y apretar las vuestras con las mías que, por el hecho de que estáis aquí, veo que estáis bien dispuestos a responder como comunidad y comprometiendo la vida. Por eso, os pido: ¿queréis responder conmigo a la pregunta de Jesús que nos dice a cada uno: "me quieres?".Os lo repito, ¿queréis responder conmigo a esta pregunta de Jesús? Si lo hago con vosotros, os lo digo de corazón, me veo con coraje de responder afirmativa, solo me costaría mucho y como lo hace PEdro, aunque lo haga desde la debilidad de una forma de querer que no llega a la atura de Jesus. Os pido de forma amigable y entrañable, que, movidos por la fe y el amor, respondáis conmigo dentro de vuestro interior, haciendo unos momentos de silencio, allá donde Dios sigue hablando, preguntando, animando y proponiendo deberes. Será el deber de querer a Jesús y de querernos los unos a los otros, y haciéndolo de la misma manera como Él nos quiere.

La respuesta nos implica a todos y me implica a mí personalmente en la relación entre pastor y ganado. Ya lo hemos dicho en algunas ocasiones, pero creo que vale la pena repetir lo que el papa Francisco dice al respeto, reforzando la estrecha comunión que siempre tiene que haber entre el obispo y la Iglesia que se le encomienda servir: "el obispo siempre debe fomentar la comunión misionera en su Iglesia diocesana, siguiendo el ideal de las primeras comunidades cristianas, donde los creyentes tenían un solo corazón y un solo alma (cd. A 4, 32). Por eso, a veces estará al frente para indicar el camino y cuidar la esperanza del pueblo, otras veces estará simplemente enmedio de todos con su proximidad sencilla y misericordiosa, y en ocasiones deberá caminar detrás del pueblo para ayudar a los rezagados y, sobre todo, porque el ganado mismo tiene su olfato para encontrar nuevos caminos" (EG 31).

En esto estamos, buscar y encontrar nuevos caminos, los que hoy debemos recorrer en nuestra tierra para que Jesús y el Evangelio sean conocidos, vividos, celebrados y testimoniados por nosotros, los cristianos, siempre por el bien de todo el pueblo, que tanto lo necesita, aunque muchos no lo esperen ni lo manifiesten. Nuestro servicio pastoral va dirigido a todos y a todas sin exclusión de ningún tipo, y eso nos debe mantener siempre en pie del trabajo.

Por eso, ¿creéis que puede haber comunión más consistente que la que proviene de responder juntos a la pregunta de Jesús "¿me quieres?" y decirle como Pedro "Señor, tú que lo sabes todo, ¡tú sabes que te quiero!". Fuera de eso, ¿qué hay en el cristianismo que nos obligue más? Sabemos, pero, sobre todo, que el amor a Jesús no se puede separar del amor a los heranos, del amor al otro, sea quien sea. Lo sabemos desde siempre, dos mandamientos fundidos en uno solo y que no es posible uno sin el otro. Seríamos unos mentirosos, dice san Juan, si lo separásemos. Por eso, no queremos vivir de la mentira, del engaño, ni decir una cosa por delante para quedar bien y decir otra por detrás, y seguir manteniendo la fachada de la hipocresía, cediendo a la tentación de la mundanidad espiritual o dejarse infectar por la posverdad. La pregunta de Jesús nos provoca y espera nuestra complicidad positiva, porque quiere que con la respuesta afirmativa lleguemos a deshacer este muro que tanto hace sufrir a la gente sencilla, aquellos que hablan el lenguaje del Reino y con los que Jesús se alegra y da gracias al Padre, porque son, como he dicho, los que le entienden y le siguen.

La respuesta afirmativa a la pregunta de Jesús,manifestándole amor a él y a los otros, veo que sólo es posible si tenemos un corazón sencillo y limpio, lleno del espíritu de las bienaventuranzas, amarado de aquella humanidad que cree en la verdad, la de Dios y la del hombre, lleno de aquella voluntad de entrega que entiende que en la pregunta de Jesús hay mucho más que una simple amistad o el acuerdo de un buen entendimiento que no quiere problemas y no pasa de aquí. La pregunta de Jesús –la pregunta por el amor– contiene la radicalidad de un amor oblativo, consecuencia del servicio «hasta dar la vida como precio de rescate de muchos», como dice Jesús d’Él mismo, aceptando en Él esta forma original de querer hasta el extremo. Hablar del amor en general es peligroso y ambiguo, puede quedar en pura demagogia o frases para las revistas del corazón, pero hablar del amor de Jesús, tal y como él lo vive, nos obliga y nos compromete porque no tiene edulcorantes que lo hagan fingir o, lo que sería peor, rebajar o anular.

Por otra parte, Jesús sabe que la respuesta de Pedro, como la nuestra, no es del todo completa, ni corresponde al amor incondicional y total que le pide. Sabe que todavía deberá recorrer un camino que no se imagina. Por eso Jesús le dice que llegará un día en el que dará gloria a Dios porque será testimonio, es decir, mártir, porque habrá aprendido a querer como Jesús. Hoy debemos aprender la lección revisando cómo es nuestro amor. No nos debe dar miedo hacer este recorrido, que es el de la madurez cristiana y que hoy es tan ausente, pero al mismo tiempo tan urgente y necesario. Por eso, en todo los que nos espera de deberes por hacer, no nos debe preocupar tanto lo que haremos (eso es bueno de organizar), sino el amor de donación con el que lo haremos, que en eso conocerán que somos discípulos de Jesús, si nos queremos los unos a los otros tal y como él nos ha querido.

Aunque en ciertos momentos se nos niegue la actuación pública, se nos relegue al silencio o nos afecte la indiferencia, sabemos que existimos para evangelizar y, eso no lo podemos hacer si no salimos a la calle y si no decimos una palabra clara y valiente en el corazón de las comunidades parroquiales, de las familias y las instituciones ciudadanas, especialmente las educativas y las que atienden las capas más pobres. No estamos hechos para callar, si lo hiciésemos iríamos en contra de nuestra identidad marcada por el encargo de Jesús que nos dice: "¡Id y hablad!". Porque nos encomienda esta misión, hacerlo es decirle a Jesús, como lo hizo Pedro en el momento en el que le encomendó la primera misión de la Iglesia: "Tú lo sabes bien, ¡tú sabes que te quiero!". Es el amor lo que nos hace salir y hablar, es el amor lo que nos hace valientes, es el amor lo que nos hace felices. ¡Es el amor que no pasa nunca!.

 

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