La pascua y la pandemia

 

Gabriel Amengual

 

Varias circunstancias pueden haber hecho que toda la Semana Santa y la fiesta de Pascua hayan resultado un poco extrañas: una celebración sin sus expresiones más típicas y propias, las procesiones, las celebraciones con los templos llenos de fieles, etc. Y, a pesar de todo, posiblemente sea una de las ocasiones en las que las podemos sentir más próximas, tanto la Semana Santa como la Pascua. En ellas se hace muy presente el sufrimiento humano junto con el de Cristo. Este año todos hemos compartido un poco su dolor, el confinamiento, el no saber cómo irá todo esto, como concluirá, el vernos en una situación que no dominamos ni podemos prever; y a muchos todavía los afecta más: los enfermos, el moribundos, los fallecidos, sus familiares, el personal sanitario, el servicio de orden público, los parados, etc. Esto también es compartir la Semana Santa, el dolor de Cristo: preso en manos del poder y conducido a farsas de juicio, despreciado, insultado, maltratado, torturado y finalmente ejecutado de manera despiadada.

Un primer efecto de los misterios que celebramos es que no nos podemos sentir solos, más bien al contrario, muy acompañados. La compañía es verdad que no quita el mal, pero lo hace más soportable, más llevadero. Repetidas veces los salmos nos dicen que Dios está cerca de los afligidos, apoya a los que sufren. Jesús sintió la muerte de su amigo Lázaro y lo lloró; esto no es algo del pasado, sino que Jesús siente nuestro dolor y lo comparte y nos da ánimos y consuelo. La amabilidad de la compañía ablanda la dureza del dolor.

En este caso consigue también otra cosa no menos importante: nos sitúa en un horizonte de esperanza. Nos alarga la vista más allá de los momentos terribles y oscuros del dolor, situándolo en una línea de sentido. No es que la Pascua nos diga "todo irá bien", "todo acabará bien". La vida de Jesús acabó con una muerte terrible e ignominiosa, no acabó bien, no tuvo un final feliz. Y, a pesar de todo, la vivió con confianza en Dios, sostenido por el amor del Padre y una confianza filial indestructible. Nos muestra, por lo tanto, que en todo momento estamos en manos del Padre. Y eso sí que nos lleva a creer que en último término todo acabará bien, aunque sea en un final que no nos ahorra la muerte. Esta fe puede dar un color diferente al camino mismo que nos lleva a tal final, de forma que la muerte se puede vivir no como una quiebra de la propia realización, sino como su final o incluso como el paso a su plenitud.

La Pascua no hace desaparecer la muerte, pero sí establece una nueva relación con ella; por una parte, le ha declarado la guerra, mantiene un combate con ella y todos sus aliados. Esto hace que quizás nos la haga percibir con más fuerza, porque la vemos como enemigo, como algo que no tiene que ser, algo a combatir. Formamos parte de la creación que -precisamente gracias a la Resurrección del Señor- desea ser liberada de esta esclavitud y corrupción, liberación que en la Resurrección ha empezado a divisar. Pero, por otra parte, ya podemos empezar a sentirnos liberados de ella, porque ya poseemos las primicias del Espíritu y, por lo tanto, ya estamos liberados en la esperanza (Rom 8,19-24). La obra de Cristo es una liberación de los poderes de este mundo, el último de los cuales es precisamente la muerte. Cuando este sea vencido, el Reino de Dios habrá logrado su plenitud, Cristo entregará el Reino al Padre y hará que Dios lo sea todo en todo (1Cor 15,24-28). Se volverá a dar aquella armonía entre Dios y el hombre, como en el paraíso que paseaban juntos. "Dios habitará con los hombres. Ellos serán su pueblo y su Dios será 'Dios está con ellos'. Enjugará todas las lágrimas de sus ojos, y no existirá más la muerte, ni luto, ni gritos, ni sufrimiento. Porque las cosas de antes han pasado. Y quien se sienta en el trono afirmó: Yo hago que todo sea nuevo" (Apoc 21,3-5).

Este horizonte es el que nos abre la Pascua, un horizonte de esperanza, de sentido. La muerte no es el final. Después de la muerte está el seno del Padre que nos acoge amorosamente. El Reino de Dios es allá donde reina el amor. A pesar de que no nos ahorre ni la dolencia ni la muerte, es muy diferente vivirlas sabiendo que no estamos metidos en un túnel cegado y vallado, en un camino sin salida, sino que al final hay la luz, hay Alguien que mira por nosotros.

La Pascua nos permite mirar la muerte con serenidad, sin hacer como si no existiera ni sin banalizarla. Tantas veces la vivimos como un hecho tan efímero como cualquier otro de la vida, o simplemente como el final biológico propio de todo ser viviente, que sabe que apenas ha nacido ya tiene edad suficiente como para poder morir. Los cristianos sabemos que Cristo nos ha liberado de la muerte. ¿Qué puede querer decir esto, precisamente cuando sabemos que la muerte pertenece a la vida biológica de cualquier ser viviente? No quiere decir que no moriremos, sino que la muerte toma un significado diferente: deja de ser la ruptura del hilo de la propia realización o incluso su fracaso, para convertirse en el paso hacia su realización última y definitiva.

 

Gabriel Amengual

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