La pandemia ¿puede ser una experiencia?

 

Gabriel Amengual

 

Ya empiezan a escucharse voces que hablan que con esta pandemia habrá un antes y un después, que sus secuelas no serán momentáneas. ¿Es esto posible en el mundo en el que vivimos, donde todo parece tan efímero, donde todo, tal como huellas sobre la arena de la playa, son borradas por la siguiente ola?

La mayoría de los análisis de la sociedad actual apuntan a la carencia de memoria, a que todo pasa casi como si nada, a que el próximo acontecimiento hace olvidar el anterior. Basta pensar en la caracterización de la actualidad como "modernidad líquida" de Zygmunt Bauman, dando a entender fluidez, cambio, flexibilidad, adaptación. Lo "líquido" es la metáfora de los cambios continuos e irrecuperables, nada se fija y todo se desplaza y se acomoda. No hay nada predecible, sólido, estable; domina el corto plazo y el individuo, no la trayectoria vital y la comunidad. Desde una perspectiva diversa Daniel Innerarity, califica nuestra sociedad como invisible (La sociedad invisible) -a pesar de que parezca que lo único que cuenta es lo que se ve- invisible por su complejidad, ofreciendo un paisaje opaco, vulnerable y asediado por los riesgos y contingencias cada vez menos previsibles, que escapa a nuestra comprensión teórica y a nuestro control práctico en una medida "más inquietante que en otras épocas menos perplejas".

Entre los muchos y varios diagnósticos del presente hay dos que a mí me parecen especialmente significativos. Uno es el de Ulrich Beck, expuesto en La sociedad del riesgo. El autor, cuando publicó en 1986 este estudio, tenía ante los ojos dos riesgos: el atómico y el climático o ecológico. Dos riesgos que afectan a todo el mundo, indiscriminadamente, son riesgos globales, de ancho y largo alcance, con daños irrecuperables, no producidos personalmente por nadie, pero que de los que nadie se escapa. A pesar de que afecten a todo el mundo, no todos se encuentran igualmente concernidos, más bien hacen aumentar las desigualdades. Hoy añadiríamos otro, el biológico (o vírico o bacteriológico), sin olvidar tantos otros riesgos como el terrorismo que, como un tipo de guerra de guerrillas, puede asaltar en cualquier momento y lugar. De manera paradójica esta sociedad del riesgo es a la vez la del individualismo, siempre creciente, dado el vacío político e institucional y la desvinculación de las formas tradicionales de la sociedad industrial (clase, familia, partidos, etc.). Esto obliga a una nueva modernidad, la de la "reflexión". De manera tajante afirma que "en situaciones de clase, el ser determina la conciencia, mientras que en situaciones de riesgo es a la inversa, la conciencia determina el ser".

El otro gran diagnóstico es el que ofrece Gerard Schulze, otro profesor de sociología, un diagnóstico de cariz también muy global, mirando más la cultura, la forma de vida. La sociedad de la vivencia es el título y el subtítulo "Sociología de la cultura del presente". Vivencia se entiende en el sentido de W. Benjamin, es decir, que no tiene nada que ver con experiencia, incluso se opone a ella y la hace imposible. La vivencia es algo momentáneo, es la emoción del momento, producida desde el exterior, por un impacto que me llega desde fuera; exterioridad e instantaneidad la caracterizan. Su duración es solo el momento en el que se produce. Mientras la experiencia es el proceso que constituye y configura el sujeto, arraiga en él y lo transforma, la vivencia lo hace desaparecer en una multitud de instantes sin conexión; el sujeto queda sin trayectoria vital y sin vínculos con los otros, comunitarios. La vivencia seria lo que define la figura del "don juan" de Kierkegaard, el tipo de vida, la existencia estética, sin otro norte que el momento, el placer del momento presente, sin más motivo que el propio capricho. Define, por lo tanto, la forma de vida que tiene como fin supremo la felicidad, entendida sobre todo como el placer momentáneo y, por ello, centrada en el presente, opuesta a todo lo que sea paciencia, solidaridad y esfuerzo. Es la forma de vida propia de lo que se denomina consumismo; su meta es la gratificación inmediata, la satisfacción instantánea; y, con todo, no excluye ciertos valores postmaterialistas, como pueden ser la voluntad de configurar un estilo de vida propio e incluso superar la sociedad de consumo; "vive tu vida" es el imperativo práctico.

La pandemia la tenemos con toda su virulencia; la tenemos y la sufrimos de mil maneras. ¿Pero, como la vivimos? El peligro es que sea una simple vivencia, posiblemente alargada por unos meses y no llegue a ser una experiencia que cale en nuestra conciencia y en nuestra subjetividad y nuestra forma de vida. Ulrich Beck nos pone ante el hecho que vivimos: el riesgo global que impone reflexión. Gerard Schulze nos obliga a preguntarnos cómo la vivimos, si pasará a ser una vivencia más en espera de la siguiente. Si es solo una vivencia contribuirá a la superficialidad, a "liquidar" los vínculos con los otros y, reducida a momentos, borrará el horizonte de memoria y futuro, de previsión, no habremos aprendido nada, y borrará el horizonte propiamente humano de la vida, que no solo mira hacia delante sino también hacia los otros y hacia arriba, horizonte de Infinito.

La pandemia, como toda prueba, no hace más que mostrar lo que somos, pero también puede significar una reflexión e incluso podría propiciar cambios. Esto lo podrá hacer si realmente acontece una experiencia que enseña, nos hace ver qué somos y cómo podríamos ser, que a pesar del confinamiento nuestro ser no acaba con nuestra piel.

Gabriel Amengual

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