La precariedad humana

 

Gabriel Amengual

 

Esta pandemia del coronavirus nos viene tan de nuevo, que quizás incluso nos haga pensar. Una de las lecciones que nos da, es una vez más la precariedad del ser humano, de nuestra vida. ¿Quién nos tenía que decir que en pleno siglo XXI una epidemia de gripe paralizaría el mundo? Con el mayor avance nunca habido en la historia de la investigación en ciencias y técnicas biológicas y médicas. Un pequeño virus nos muestra que estamos al azar de la más pequeña contrariedad, que nos puede asaltar por sorpresa y dejarnos sin defensa.

Obviamente esto no dice nada en contra de estas investigaciones, más necesarias que nunca y más agradecidas que nunca. Por tanto, ya de entrada el más cordial y profundo agradecimiento a todos los investigadores por su labor científica, que es a la vez humanitaria y que para muchos de ellos no es simplemente un trabajo asalariado, sino una vocación que ejercen no unas horas, sino que la llevan incorporada toda la jornada. A los investigadores y a todos los que trabajan en la sanidad, que las aplican a cada caso y persona.

Pero no tocaríamos el fondo de la cuestión si lo redujéramos a una cuestión técnica: es una experiencia más de la finitud y fragilidad humana; una reflexión necesaria, si queremos tener conciencia de nuestra humanidad.

Esta reflexión pone en cuestión la técnica o la tecnociencia, en especial la confianza infantil que tantas veces ponemos en ella. A esto nos ayuda el mismo lenguaje que utiliza la ciencia, cuando dice que "todavía" no ha encontrado el remedio o la vacuna, dando por presupuesto que pronto se encontrará, que ella tiene la solución de todo. En este tipo de expresiones lo que se pone de manifiesto es que se cree que se domina la realidad, que todo es dominable y calculable, que todo está o puede estar o estará bajo nuestro poder. De manera paradójica, la mentalidad tecnocientífica, que siempre se suele referir al dato y la comprobación empírica, vive siempre a la vez de confianza y de promesas; nos deslumbra no solo con sus logros, sino sobre todo con sus planes, proyectos, promesas.

Aquí querría poner un poco de luz sobre un aspecto que la tecnociencia suele dejar a la sombra. Sin duda ha solucionado muchas cosas; muchos de nosotros estamos vivos gracias a los adelantos que ha ofrecido y ofrece. Pero no se puede olvidar otro aspecto: cuanto más técnica llevamos más frágiles somos, más en precario vivimos. Cuanta más tecnología lleva incorporado un aparato, más expuesto está a fallar, a tener más puntos débiles. Ir a pie supone correr pocos riesgos; ir en bicicleta ya algunos más e ir en moto muchos más; escribir con lápiz es muy simple y totalmente libre de riesgos; solo hay que temer que se despunte y volver a hacer punta es muy fácil; escribir con el ordenador tiene muchas ventajas, pero estás mucho más expuesto a paradas, a fallos, ¿quién no ha perdido alguna vez un texto cuidadosamente elaborado? La misma regla la podemos aplicar en la vida humana: cuanto más dependiente de la técnica, más expuesta está a un fallo.

Esta cuestión ya fue puesta sobre la mesa en el célebre estudio, diagnóstico de la sociedad actual, que hizo el sociólogo alemán Ulrich Beck, titulado precisamente "La sociedad del riesgo" (1986), poniendo el riesgo como característica de la sociedad. El eco que tuvo fue enorme, coincidiendo con el accidente de Chernóbil. La sociedad industrial se convierte en peligrosa precisamente en la medida que el creciente progreso produce riesgos amenazantes. Para recordar algunos ejemplos: la utilización de productos químicos como fertilizantes del campo, que la lluvia lleva hasta el mar, produce la muerte de peces; el uso de los antibióticos los lleva a ser inoperantes; por el método del fracking o fractura hidráulica se ha hecho posible extraer petróleo a grandes profundidades, pero al precio de una enorme e irreparable contaminación. Estos riesgos no provienen solo de la técnica, sino de su uso y especialmente de las consecuencias sociales de la producción industrial: la creciente individualización que disuelve formas sociales como son clase, familia, partido, profesión, etc. El individuo se ve expuesto, independientemente de la posición social, a riesgos ecológicos invisibles, pero más fuertes.

Que nuestra sociedad es hoy mucho más peligrosa, se muestra en cualquier telediario: terrorismo que puede sorprender en cualquier lugar, de formas distintas pero siempre posible; los riesgos de cualquier movilidad; los riesgos de un Estado impotente (y en más de dos países, Estado fallido), porque en la sociedad hay un fondo de agresividad producida por la injusta distribución de la riqueza y sobre todo cuando faltan los medios más necesarios y básicos y las desigualdades son ofensivas y la carencia de reconocimiento de los derechos más elementales.

El control político y científico sobre esta cantidad de riesgos amenazantes de diversa índole parece ser cada vez menor, y en todo caso siempre llega tarde. Ante este hecho el sociólogo propone una "modernización reflexiva", es decir, una nueva modernidad en la cual la sociedad tome conciencia de los peligros y posibilite un cambio responsable. "No se trata solo de una utilización de la naturaleza para liberar el ser humano de las tradicionales constricciones, sino esencialmente de los problemas que derivan del desarrollo técnico y económico".

La pandemia pone de manifiesto que vivimos en precariedad, aunque disponemos de muchos medios. Que los medios o bienes de consumo no nos deslumbren de forma que perdamos de vista nuestra situación base: la precariedad. Volvemos al punto de partida: la necesidad de la reflexión, no dejarnos llevar simplemente por la oferta de posibilidades, puestas a nuestro alcance, sino por la responsabilidad sin perder nunca de vista la finitud y fragilidad humana y, con consonancia, volver a poner en valor la sobriedad.

Gabriel Amengual

DIRECCIÓN
Plaza de la Almoina S/N
07001 Palma de Mallorca
Islas Baleares. España

REDES SOCIALES
@catedralmca
Facebook Twitter Istagram Youtube

CONTACTO
Para cualquier duda, llamanos
971 71 31 33

Copyright © 2020 Catedral de Mallorca. Todos los derechos reservados.