Dios y el mal

 

Gabriel Amengual

 

En toda desgracia sale siempre la pregunta ¿y cómo puede Dios permitir estas cosas? La pregunta del mal es persistente. No es un enigma o un problema, que admita soluciones, sino un misterio que nos sobrepasa. Bien puede decirse que es una cuestión sin respuesta satisfactoria, no hay explicación ni teoría que aclare totalmente las cosas. Tanto si la respuesta es que vivimos en el mejor de los mundos (Leibniz), como la burla que de este dicho hizo Voltaire, tanto si preferimos quedarnos con el Dios bueno dejando de lado el Dios todopoderoso (Epicuro, Voltaire, Jonas), como si decimos -con toda razón- que la omnipotencia de Dios no puede significar que Dios obre de manera arbitraria, poniendo en suspensión las leyes de la naturaleza siempre que nos convenga, dado que el calificativo de omnipotencia en todo caso viene a calificar la esencia de Dios que consiste en ser amor; es en el amor que Dios muestra su omnipotencia, y no obrando caprichosa o arbitrariamente, esto es, en amar más allá de la correspondencia que encuentra, queriendo incluso los que se olvidan de él, lo rechazan, lo crucifican. De manera especial la omnipotencia del amor de Dios se muestra en que "Jesucristo, que era de condición divina, no se quiso guardar celosamente su igualdad con Dios, sino que se anonadó, hasta tomar condición de esclavo. [...] Se bajó y se hizo obediente hasta aceptar la muerte y una muerte de cruz" (Fl 2,6-8). Esto solo es posible a un amor sin medida, que nos resulta difícil de imaginar en la práctica humana. Solo Dios es capaz de querer de este modo.

En referencia a Dios, tanto se ha dicho que el mal es la roca firme donde se asienta de manera casi inconmovible el ateísmo (G. Büchner), como que el mal hace obligada la referencia a Dios, porque solo un Dios nos puede liberar (M. Heidegger).

Dejando de lado estas grandes cuestiones, vamos a las que nos tocan de más cerca. Empezamos por aclarar que ni Dios ni el hombre son el origen del mal. Dios, que es bueno, lo creó todo muy bueno y bello, también el hombre. Kant dirá que el mal no tiene el origen ni en el cielo ni en la tierra, sino en el inframundo o submundo o mundo infernal, en lo desconocido, el diablo. De hecho, a la narración del primer pecado de la historia, paradigma de todo pecado, la iniciativa es de la serpiente (el diablo). El hombre, de por sí, ni quiere ni obra el mal; pero es seducido a obrarlo. El tentador, aprovechando los puntos débiles, entra en el psiquismo y lo desorienta y hace que se rompa todo el equilibrio y armonía entre Dios y el hombre, entre el hombre y la naturaleza (parir y trabajar con sufrimiento y esfuerzo), entre los humanos (la historia de la fraternidad humana empieza con un fratricidio, de Abel por parte de Caín).

Siendo más exactos tendríamos que decir que no interesan las explicaciones sobre el origen del mal, a no ser que nos den pistas para saber cómo afrontarlo, como superarlo, como combatirlo. En esto creo que consiste el gran déficit y desenfoque de las teorías del mal, que son teorías sobre el origen. Creo que nos equivocamos cuando en Dios buscamos una explicación del mal; Dios no es la explicación del mal o del mundo; Dios es la salvación, la restauración, la redención, la "luz del mundo", la palabra que es vida para el mundo. La religión cristiana (y todas en general) no ofrecen explicaciones, teorías, sino que son propuestas de salvación, no miran hacia atrás, sino hacia delante, a curar el mal, a atender a las víctimas.

¿Y cuál es la propuesta del cristianismo? Y más en concreto, ¿cómo afrontó Jesús el mal? Se puede decir que toda la obra de Jesús fue un combate contra el mal, desde las curaciones de todo tipo de dolencia, física y psíquica, el perdón de las culpas, la liberación de la ley, el retorno a una relación amorosa filial con Dios. Todos sus "dichos y hechos", su predicación y su acción, no tenían otra finalidad que vencer el mal. Y este combate le costó muy caro. Si el bien es una fuerza que combate el mal, es el anti-mal, el mal es también una fuerza que lucha contra el bien, es el anti-bien. Al evangelio, sobre todo el de Juan, estas dos fuerzas son llamadas luz y tinieblas, que son consideradas no como situaciones, sino como fuerzas dinámicas que están en lucha: "La luz resplandece en la oscuridad, y la oscuridad no ha podido ahogarla" (Jn 1,5).

Este combate le era tan propio a Jesús, que con él se le fue su vida entera. Le costó la vida. Su lucha contra el mal de primer golpe de vista puede parecer que acabó con una clamorosa derrota: Jesús condenado, ejecutado al peor de los tormentos. La razón no fue otra que la lucha se jugó con estrategias muy diferentes, como si lucharan a niveles diferentes. Pero a la vez en este fracaso consistió la victoria de Cristo. ¿Por qué? Porque no utilizó las armas del mal y por eso la lucha fue tan desigual. Estamos demasiado acostumbrados a luchar el mal con sus armas, con lo cual no hacemos más que enrolarnos en su bando, aunque haya combate contra él, sucumbimos al participar de su lógica y dinámica, con lo cual no hacemos más que difundir y perpetuar el mal. Esto es lo que Jesús no hace en ningún momento. Él es siempre el justo, el inocente, el que no se ensucia las manos con el mal. Las armas de Jesús fueron siempre el amor y la vida, la libertad y la verdad. Armas muy débiles para enfrentarse con las maquinaciones del mal, pero que a larga son las únicas que lo pueden vencer.

Esto ya pone al descubierto que, en este mundo, donde impera la mentira y el odio o el egoísmo, tenemos todas las de perder. Pero, todavía más importante es otra cosa, especialmente en cuanto a nuestra situación. El mal no se le vence como el capitán araña. Jesús vence el mal afrontándolo personalmente, es decir, sufriéndolo, cargándoselo sobre sus hombros. Él es la primera víctima y la mayor. Dios no es ajeno al mal, sino que se lo ha hecho suyo, lo ha sufrido. Se ha hecho solidario, es decir, él ha pagado nuestra factura, se ha cargado sobre sus espaldas nuestro mal, para liberarnos de él.

Lo que nos enseña Jesús es a hacernos próximos de los que sufren, sufrir con ellos, com-padecer. Y desde los que sufren y con ellos luchar contra el mal en todo aquello que esté en nuestras manos: aliviando el dolor, curando el enfermo, dando pan a quien tiene hambre, agua a quien tiene sed, vestidos al que va desnudo, etc., y también poniéndolo al descubierto, denunciándolo, investigando cómo se puede curar.

 

Gabriel Amengual

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