Joven con panes 

Joan Bauza

 

Le gusta a Dios tener colaboradores. Se sirvió de ellos para sus grandes obras, Abraham y Moisés, por ejemplo. Se sirvió para transmitir sus mensajes, Elías, Jeremías, y todos los profetas. Se sirvió de María, para hacer posible la gran operación que recibió nombre de encarnación, la obra que tuvo peso para dividir la historia en un antes y un después.

Lo que resulta más deleitoso del obrar de Dios es que no solo se sirve de los grandes, también le gusta servirse de los sencillos, personas que por su edad, preparación o posición social tan solo pueden colaborar con pequeños detalles. Y este es el caso del sujeto de la figura, aquel “uno de tantos”, y por más señas un muchacho, un miembro de aquella edad a la que la época tan poca importancia otorgaba.

Fue Jesús quién hizo el milagro de la multiplicación de los panes. Pero todo empezó por el gesto sencillo de una persona pequeña. Como la mujer viuda, el muchacho entregó todo lo que tenía. Y tenía solo cinco panes - “¿y qué significa esto para tanta gente?”. Es poco para un negocio de panadería, pero es suficiente para un milagro de amor.

La excusa de la pequeñez no es válida en los ámbitos del Reino. De la minuciosidad de un muchacho, el Maestro en feudo alimentó a una multitud.

 

20200127 Allot amb pans

Fotografía de Gabriel Rosselló

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