Se trata de la celebración en la que tuvo lugar la consagración del Santo Crisma y la bendición de los óleos de los catecúmenos y de los enfermos. Esta misa es también una de las principales manifestaciones de la plenitud sacerdotal y de la unidad del presbiterio con su obispo.
Después de la homilía, en lugar del Credo, el obispo invitó a los sacerdotes presentes a renovar sus promesas sacerdotales, comprometiéndose nuevamente a unirse más estrechamente a Cristo, a ser sus fieles ministros y a conducir a los demás hacia Él, renovando así su consagración y dedicación al servicio de la Iglesia.
Los textos de la celebración presentaron un marcado carácter catequético sobre el sacerdocio y culminaron con el rito de la consagración del Santo Crisma y la bendición de los otros óleos.
El Santo Crisma es el óleo con el que son ungidos los nuevos bautizados, son signados quienes reciben la confirmación y son ordenados los obispos y presbíteros. También se utiliza en la dedicación de las iglesias y la consagración de los altares. Está compuesto por aceite de oliva y perfumes, y simboliza la gracia del Espíritu Santo. A diferencia de los otros óleos, el Crisma no solo se bendice, sino que se consagra.
Una vez finalizada la celebración, el Santo Crisma y los demás óleos fueron llevados a la capilla de San Bernardo, desde donde se distribuyeron a todas las parroquias de la diócesis, como signo de comunión con la Iglesia madre.

